«Ingenuas Palomas» ¡Mírenlas si parecen tan ingenuamente astutas como las serpientes! parafraseando al Nazareno, en esta obra de teatro que se presentó en el Teatro Austral, el pasado viernes 1 de diciembre, en la ciudad de Coyhaique, quienes llevan más de cuatro años representando las artes escénicas en esta región de correlatos peculiares.
Y es que esta obra de Alejandro Sieveking, uno de los mejores dramaturgos chilenos del siglo XX, nos coloca en relevancia que lo absurdo colinda con lo grotesco, incluso, entre la risa de quienes asistieron. Quizás, porque la risa es el desanudar de la tragedia vital que nos envuelve en esta sociedad de mucho palco y poca cancha, es decir, de exceso de moral y castigo que esconde subrepticiamente, en un comienzo, una velada desfachatez que se hace evidente al transitar la obra y que, con un seño terrible, cautiva al público a reírse de lo disparatado de sus acciones, para finalizar pensando ya con el humor difuminado: «¡Ah, viejas de mierda!»
Amelia, Antonieta y Leontina, son la representación de estas hermanas potifruncis y mirada desdeñosa de las «familias de bien», de honorabilidad deslucida y encubierta entre sus fetiches salvavidas: alcoholismo, pelambre y fundamentalismo religioso-conspiranoico, que bien podría ser la representación de las familias «funcionales» chilenas del siglo XX, a finales de la Dictadura cívico-militar, descritas bajo la excusa de una comedia negra de corte policial, como lo hizo Sieveking y el Teatro Carrusel en 1989. Pero no, perduran, reviven, en este siglo XXI madurado en un par de décadas, esos monstruos familiares que habitan en la cotidianidad.
En aquellos días, la realidad era el combustible de esta obra absurdo-grotesca; hoy, el componente profético de esta representación es lo que inflama las risas y el interés de un público atento e íntimo en las dependencias del Teatro Austral.
Las fake news, el abandono de la razón, el temor profundo al cambio, a ser desechados, a las virtudes de una época pasada y la entrega hacia la frustración como forma de vida que asimilan como el sentido común, así como las nuevas formas que adoptan los moralistas del hoy: conspiracionistas, arrogantes, llenos de jinetas para adobar su propia cárcel de exclusividades desde donde puedan pontificar como se deben o no hacer las cosas, o los militantes de la consecuencia que con su discurso, castigan en otros, lo que no se atreven a castigar sobre sí mismos, en sus constantes deslices. Todo aquello, puede caber como analogía en esta obra, escrita y representada hace más de 30 años atrás.
El actor Mario Miller, director de la obra menciona que «refleja un buen espejo de lo que hoy día es una parte de la sociedad chilena», agregando que escogieron la obra, para representar lo que sucede en el Chile actual. «Los protagonistas son personajes que niegan todo. Y hoy día, 2023, hay una negación constante de todo lo que sucedió. Personajes sin escrúpulos, está lleno; personajes sin ética, está lleno; personajes que siempre están rondando en la codicia».
Aún así, el nivel de representación, estima y prolijidad del elenco de Teatro Austral es admirable, para colocar de manifiesto, no tan sólo una puesta en escena, sino empaparse de una postura política necesaria en estos días, frente a la desintegración de lo que nos hace humanos y de la exacerbada negación tanto individual como histórica, donde las artes en general, son las que ponen aquel «grito en el cielo» cuando los caminos se enturbian por la acción de los inescrupulosos. Aquel nivel de compromiso, aquel oficio de hacer sembradío entre la risa, en un espacio íntimo, a momentos caluroso por las luces y las graderías a tope, fue algo que el respetable valoró y lo hicieron notar entre agradecimientos y comentarios posteriores a la obra, en una retroalimentación necesaria y pausada, en estos tiempos turbulentos que vivimos, y permitirnos cortar con tijeras imaginarias, nuestros prejuicios tan absurdos como esta tragicomedia que bien puede ser nuestro reflejo.
por Ariele.








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