En la inmensidad de Aysén, la historia no solo se documenta; se amasa en greda y se borda a mano. Como guardianas de un legado que desafía el aislamiento, alfareras de Puerto Ibáñez y bordadoras de la cuenca del Baker protagonizaron un inédito encuentro organizado por el Servicio del Patrimonio. La cumbre buscó relevar el rol femenino en la supervivencia cultural de Aysén, demostrando que estas prácticas trascienden la estética para erigirse como motores de la economía doméstica y trincheras de la identidad rural.
El diálogo, enmarcado en el Mes de la Mujer, reunió a cultoras que sostienen a pulso la tradición. «Con la greda apoyamos la economía del hogar, pero también rescatamos un patrimonio que no queremos que desaparezca», advirtió Alba Segovia, representante de las artesanas del lago General Carrera, instando a frenar el olvido generacional.
La historia de estos oficios es ineludiblemente una de sacrificio fronterizo. Marisol Pizarro, del colectivo del Baker —recientemente reconocido como Patrimonio Cultural Inmaterial de Chile—, evocó los tiempos de carestía extrema que forjaron su arte. «Mi madre bordaba cuando apenas había hilos; tenían que cruzar a Argentina a comprarlos y se cuidaban como oro», relató emocionada.
Para Claudia Cantero, directora regional de Patrimonio, la instancia reafirma la urgencia de visibilizar a estas cultoras. En un territorio asediado por la modernidad, sus manos no solo fabrican piezas, sino que tejen la resistencia del sur del mundo.








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