“Es evidente que Chile es un país muy risueño, tal vez demasiado, muy optimista, tal vez demasiado (…). Esto ya no lo digo como una crítica, sino que me parece casi una capacidad de adaptación muy saludable, sobre todo en un país con tanto terremoto.” Raúl Ruiz.
Hace un par de semanas conversábamos entre amigos sobre lo barato que resulta equivocarse en esta región. Seas autoridad o trabajador, pareciera que cometer una falta no tiene mayores consecuencias en la trayectoria de vida de quienes habitamos Aysén.
Ello es contraintuitivo respecto a lo que dice la literatura académica. Supuestamente, en lugares de pocos habitantes se da el “Efecto Pecera”, el cual indica que estar expuesto constantemente al escrutinio de otras personas moldea los comportamientos hacia actividades más conservadoras. Como todos se conocen entre sí, cometer un acto fuera de norma te marca frente a la comunidad y las oportunidades a las que accede una persona se reducen drásticamente en proporción a la naturaleza del error. El qué dirán debería pesar (y mucho) en ciudades y localidades como las que hay en Aysén.
Sin embargo, tenemos contraejemplos de sobra en esta región. Por ejemplo, en Aysén puedes resultar electo senador de la República con primera mayoría estando desaforado y con una investigación de fraude al fisco en curso. O ser presidente de la Comisión de Seguridad Pública y de un partido político al mismo tiempo que eres formalizado por conducir en estado de ebriedad. O también estar en tu quinto período como diputado por Aysén después de haber estado preso por conducir en estado de ebriedad y tener múltiples acusaciones de agresiones verbales y físicas, entre otros episodios difíciles de defender. Solo por nombrar algunos casos consabidos por los ayseninos[1].
Ahora bien, esa falta de consecuencias por haber obrado cuestionablemente se vuelve más compleja cuando se observan las repartijas de los cargos públicos después de un cambio de gobierno. Se ha vuelto costumbre ver cómo, cuando hay cambio de autoridades, existe un reacomodo de piezas a plena luz del día. Quienes salen del poder se acomodan donde pueden si es que no negociaron antes su salida bajo un concurso público o cargo de Alta Dirección Pública para intentar no levantar tantas sospechas; quienes entran tienen que sacar a la luz todas sus credenciales para que no se les impugnen sus cargos, pero traen consigo un cúmulo de mandos medios que entran de forma soterrada.
Algún cínico me podría decir que Aysén siempre ha funcionado así; que como somos pocos, nadie sobra; o que las instituciones funcionan independientemente de quienes trabajen en ellas, así que para qué preocuparse tanto. Lo problemático de esta postura se evidencia cuando se trata de ámbitos que tienen un efecto directo en la vida de las personas, siendo salud y educación los más emblemáticos.
En ambos casos, estos enroques entre funcionarios no son inocuos. Cuando se colocan profesionales con malos antecedentes o poca experiencia a dirigir recintos de salud, los efectos los sienten los pacientes y sus familias. Cuando utilizas la educación como caja pagadora, quienes pagan las consecuencias son los estudiantes. Y esto pasa año a año, a vista y paciencia de todos quienes habitamos Aysén, porque aquí todo se sabe, pero rara vez vemos llegar las repercusiones a quienes cometen estas faltas. ¿Por qué? Porque Aysén es una región poco seria.
Con seriedad[2] me refiero al estado emocional en el que las personas prestan una cuidadosa atención a los costos o daños (físicos o sociales), ya sean reales o potenciales, de una acción, según lo propone el psicólogo evolutivo David Pinsof. En un extremo, alguien demasiado serio, en el sentido de que exagera las consecuencias de algo que no es tan relevante, es considerado como grave. En el otro extremo estaría el mirth (que se podría traducir como gracia o júbilo), como la respuesta emocional que desactiva la sensación de peligro y respuestas como el enojo cuando se evalúa una situación como poco seria o humorística.
Tanto la seriedad como el mirth tienen razones evolutivas de acuerdo con Pinsof. Mientras la seriedad nos permite prestar atención frente a amenazas, daños o costos genuinos, y evaluar la necesidad de defendernos o proyectar autoridad, el uso del humor ayuda a resguardar la cooperación humana frente a los constantes errores y malentendidos que ocurren al convivir y comunicarnos.
Para seguir con el hilo argumental, conviene hacer un doble clic en el humor chileno. Tal como indica Raúl Ruiz en la cita que abre esta columna, en Chile tenemos una historia atravesada por catástrofes naturales, particularmente terremotos, frente a los que históricamente hemos reaccionado con una capacidad de reírnos de nosotros mismos. Lo cual es admirable, por cierto. La talla, a su vez, es la expresión más característica de cómo expresamos nuestra mirth; son esas bromas veloces, contingentes e implícitas, las que uno encuentra frecuentemente en el flujo de la conversación cotidiana.
En el caso aysenino, la talla se ubicua en prácticamente cualquier contexto (siempre seguida de un “yaaa” que afirma que lo dicho es broma); el uso de la mentira[3], íntimamente ligado con la “viveza” chilena, y la exageración son parte fundamental de las narraciones patagonas y tradiciones como el truco.
A mi juicio, si algo destaca a simple vista de la cultura aysenina frente a la del resto de Chile es su uso del humor[4]. Lo veo como una versión exacerbada en comparación con el chileno común. Y ello me lleva a preguntarme si esta capacidad de tomar todo como broma estaría detrás de la incapacidad de tomarse los principales problemas de la región en serio.
Sé que es un salto interpretativo grande, pero lo veo útil para entender ciertas trabas que aquejan a la región desde hace décadas. De lo contrario, ¿cómo se explica que, contando con un potencial gigantesco para las energías renovables, sigamos dependiendo del diésel? ¿O que la contaminación en Coyhaique y otras localidades permanezca sin solución, pese a la contundente evidencia sobre sus efectos? ¿O que exista una extraña pasividad ante el perfil de nuestras autoridades y el constante carrusel de directivos, cuyas decisiones impactan directamente en la calidad de vida de los habitantes de Aysén?
Quizás la pregunta que debemos hacernos es: ¿alguna vez nos hemos tomado estos problemas en serio? ¿O será que yo me estoy poniendo grave?
[1] Y cuyos nombres no mencionaré por ser obvios.
[2] Mismo argumento en versión preprint académico: https://osf.io/preprints/psyarxiv/fp5ch_v3
[3] Particularmente frente a foráneos. Creo que si hubiera una “Guía de supervivencia para afuerinos en Aysén”, esta debería incluir una sección acerca de cómo los locales utilizan la mentira.
[4] Juicio compartido entre afuerinos consultados.









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