Yo sé que está columna no es para esto, pero quiero hablar acerca de un fenómeno que he notado en la vuelta a la ciudad de Coyhaique
Hace poco comencé con un formato online que se llama “Opiniones Extremas” que es una adaptación de un espacio de entrevistas virales, en donde la gente entrega opiniones sobre situaciones que ocurren en la ciudad de Coyhaique y en la Región de Aysén, para luego promocionar sus creaciones o eventos.
Uno de los temas que más me ha llamado la atención es como personas que les interesa el espacio, confunden una “opinión” con una “funa”.
Ese fenómeno enciende algunas alarmas, porque demuestra que es algo que está profundamente enraízado en la forma de interactuar localmente con el contenido online, tanto para quienes crean productos digitales, como para quienes los consumen diariamente.
La opinión, es el punto de inicio de una conversación de buena fé y se encuentra en la intersección de la información y la entretención. Por otro lado, la funa, es una acusación mayor que busca la destrucción y la invalidación de una persona o grupo.
La funa, cuyo origen está en el mapudungún, cobra fuerza a mediados de la década pasada en el internet del cono sur, como una reversión del “escrache” argentino, en donde se enfrentaba a personas que cometieron crímenes (muchas veces de lesa humanidad) y en donde la comunidad percibia que la justicia no había actuado correctamente, difundiendo ante la comunidad quienes eran realmente.
Durante la última década, este tipo de operativos online comienzan a desdibujarse y no solo llega a personas en el espacio criminal, sino que empiezan a difundirse conflictos menores, no verficados, peleas entre privados o derechamente inventos
De la búsqueda de la justicia a la búsqueda de “likes”.
Durante la última década comenzaron a tener plataforma creadores y contenidos que podrían definirse como “hombres enojados hablándole a la cámara”, los que funcionan muy bien en métricas, ya que el público los percibe como gente “que se para ante los poderosos”, pero al analizar estos espacios, están más cerca de una simulación del conflicto.
Esto es particularmente hilarante en regiones como esta, en donde muchas de las personas que están consolidados y tienen una audiencia importante, se mueven en los mismos círculos que muchos de los criticados, por lo que podrían perfectamente hablar estas cosas cara a cara, pero eso no deja likes, ni canjes, ni potencial de monetizar el contenido.
En el 2020 tuve el privilegio de estar en los espacios de capacitación de Sembramedia para creación de medios independientes e innovadores y este era un problema que en países como Argentina, Uruguay y Perú ya tenían mayormente superados.
En Chile y especialmente en comunas pequeñas pero con tanto potencial de crecimiento, paga muy bien seguir la lógica tribal del conflicto, del “ellos versus nosotros”, cuando en comunidades como Coyhaique todos nos pillamos en la calle.
Los próximos años del Internet y la creación de contenido están muy interesantes, con un contenido mucho más corporativo, con integración de “notas de la comunidad”, en donde existe un mayor control sobre lo que se comparte, exigiendo fuentes sobre lo que se informa y en donde se espera que quienes se toman el tiempo de crear, salgan del pantano y ofrezcan un contenido con propuestas y con información relevante.
Esto es para alejar a plataformas como Tiktok, Meta y Youtube del “Doomscrolling”, en donde sus usuarios terminan consumiendo un conflicto tras otro.
Mientras Coyhaique se acerca a un periodo de desarrollo comercial e inmobiliario importante, el que ya atrae a nuevos vecinos a la comuna, la creación de Internet tiene que salir del conventilleo entre figuras y saber interpretar de mejor manera una cambiante comuna que avanza a pasos agigantados hacia su primer centenario y enfrenta nuevos tipos de desafíos.








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