
Cada 31 de octubre, los disfraces y las calabazas importan a Chile una celebración anglosajona que ya forma parte del paisaje urbano: Halloween. Colorida, entretenida y especialmente atractiva para niños y jóvenes, esta fiesta nacida en el mundo celta y popularizada en Estados Unidos se ha instalado como una de las jornadas más pintorescas del calendario.
Sin embargo, en nuestra tradición cultural y espiritual existe un sentido más profundo asociado a estas fechas. La Iglesia dedica el 1 de noviembre a la Solemnidad de Todos los Santos y el 2 de noviembre a la Conmemoración de los Fieles Difuntos, invitando a las familias a honrar a quienes partieron antes que nosotros y a agradecer el legado que dejaron en nuestra historia personal.
Recordar a los difuntos es mirar hacia atrás con gratitud. Es reconocer que somos quienes somos gracias a su amor, su trabajo y sus sacrificios. Es encontrarnos con nuestras raíces, con nuestras historias familiares y con la promesa espiritual de que la vida no termina en la muerte, sino que permanece viva en la memoria y en la fe.
Halloween, con sus disfraces y su alegría, no está mal. Es una oportunidad para compartir, jugar y reír. Pero recordar a nuestros muertos tiene un valor que ninguna moda puede reemplazar. Ir al cementerio, encender una vela, rezar o simplemente dedicar un momento a la memoria de quienes ya no están, nos humaniza, nos conecta y fortalece los lazos que el tiempo jamás logra romper.
En estos días en que la diversión y la nostalgia conviven, la invitación es a disfrutar, pero también a recordar con cariño a quienes marcaron nuestro camino. Porque cada padre, madre, abuelo, hermano o amigo que partió vive, de alguna manera, en lo que somos hoy.








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