
Aprovechemos la bullada “ley de amarre” en el sector público para abordar una arista poco expuesta en el debate regional: los efectos culturales que trae consigo la alta dependencia del Estado para el desarrollo de Aysén.
Para entender esto, partamos con un diagnóstico nacional. Coincido con el reciente boletín del CEP respecto a que el Estado se encuentra en un «laberinto» en materia de empleo. Según el INE, la tasa de asalariados públicos crece por sobre la de los privados sin que ello mejore los indicadores de gestión; de hecho, el Banco Mundial advierte un retroceso desde 2014. Existe un consenso transversal, desde centros de pensamiento de izquierda y derecha, en que el empleo público requiere una cirugía mayor y que propuestas como el “amarre” van en la dirección contraria.
La importancia de esto para nuestra región es evidente: al depender estructuralmente del aparato fiscal, cualquier movimiento en el empleo público genera efectos significativos, incluso culturales, en la sociedad aysenina. Por lo mismo que hace un tiempo vengo argumentando que la principal reforma, en términos de impacto, por la que deberían abogar los parlamentarios ayseninos es una al sector público.
Y es que Aysén exhibe lo mejor y lo peor del servicio público en un radio muy pequeño. En las pocas cuadras del centro de Coyhaique conviven funcionarios competentes y comprometidos con su antítesis: licencias médicas truchas, la ley del mínimo esfuerzo amparada en la inamovilidad, operadores políticos que rotan según el gobierno de turno y gremios con poder de veto fáctico. Es una historia conocida.
Pero mi punto central no es la eficiencia, sino el efecto cultural. Aunque la inversión en obras civiles supere al gasto en personal, eso no quita que una gran parte de la población (cerca del 38% entre empleos directos e indirectos según la última cifra que tuve un mano) viva su día a día bajo la lógica del derecho público.
Lamentablemente, esto no ha significado que la región adopte los valores que debería seguir un servidor público, como la probidad; al contrario, ciertas costumbres burocráticas han permeado el quehacer privado y social del aysenino. Basado en mi experiencia, veo tres casos patentes: los gremios privados, el emprendimiento y el debate político.
En el primer caso, y habiendo trabajado en algo así como un gremio, no es arriesgado decir que buena parte de estas organizaciones piensan y actúan como burócratas. Aunque su rol es representar a un sector económico, su modus operandi es espejo del funcionario público: ante una alerta, la solución automática es “formar una mesa de trabajo”, “pedir reunión con el funcionario X”, “hacer un programa de capacitación”. Se esperaría que el sector privado use su libertad para proponer nuevas formas de abordar los mismos problemas de siempre, pero no es algo que pueda constatar.
El segundo caso es el ecosistema de emprendimiento. Haga el ejercicio: cuéntele a un amigo una idea de negocio y cronometre cuánto tarda en decirle “hay un CORFO o Sercotec para eso”. No hay problema en usar fondos estatales, el problema es que la burocracia aparece antes que la idea misma. Como estos fondos son prescriptivos, muchas iniciativas mueren o se deforman intentando encajar en las bases de un concurso en lugar de buscar viabilidad de mercado.
El tercer caso son los programas de debate regional. Lo digo con conocimiento de causa tras conducir uno de estos programas y haber hecho un “estudio de mercado” del resto: si uno analiza estos espacios, parecen clases de derecho administrativo. Se discute la resolución X, el dictamen Y o el decreto Z. A diferencia del debate nacional, que se centra en lo político (el poder y las ideas), en Aysén la discusión se centra en lo burocrático (el papel y el trámite).
No me malinterpreten: no creo que haya malas intenciones detrás de esto. Al contrario, es un tema de cultura, o sea, a menudo inconsciente. Pero es innegable que el aysenino tiende a comportarse como servidor público aunque trabaje en el mundo privado. Esa mentalidad define —y a veces frena— nuestro crecimiento, por lo que vale la pena mirarnos al espejo y reconocerlo.









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