En la Teoría de Sistemas Complejos Dinámicos, uno de los conceptos más ilustrativos es el de punto de inflexión. Este se define como el umbral a partir del cual el comportamiento de un sistema cambia de manera drástica e irreversible. En Chile, podemos identificar hitos de este tipo: el aumento de 30 pesos en el transporte público que derivó en el Estallido Social, o la toma del puente Ibáñez el 7 de febrero de 2012 —como protesta por la Ley de Pesca— que catalizó el movimiento «Tu Problema es mi Problema».
En ambos casos, estos puntos de inflexión son sucesos que, evaluados de forma aislada, no justifican la magnitud de la reacción posterior. ¿Cómo es que un alza marginal de pasajes terminó en dos procesos constituyentes? A primera vista carece de sentido y resulta imposible de vaticinar (personalmente, desconfío de quien afirme haber «predicho» el Estallido). Por definición, estos momentos generan resultados desproporcionados, son impredecibles y están presentes a lo largo de la historia, marcando el desarrollo de naciones y territorios.
Bajo esta premisa, y aunque sea un ejercicio mental, resulta sugerente preguntarse: ¿cuál será el punto de inflexión para el desarrollo de Aysén? Es decir, ¿qué suceso cambiaría radicalmente el estándar y las posibilidades de vida de quienes habitamos la región? Sostener esta pregunta no solo permite anticiparse a futuros complejos —como los efectos del cambio climático—, sino que es una invitación a proyectar escenarios de prosperidad y dirigir nuestro foco atencional hacia la creación de las condiciones necesarias para que estos ocurran.
Por ejemplo, vale la pena cuestionarse qué gatillaría un aumento demográfico significativo, similar al fenómeno de Puerto Varas (cuyo crecimiento intercensal rozó el 20%). Menciono esta ciudad a propósito de una publicación en Diario Financiero, donde un empresario inmobiliario vaticinaba que Coyhaique se convertiría en la «nueva Puerto Varas». En el caso de la ciudad lacustre, el punto de inflexión fue la pandemia y la validación del teletrabajo. Entonces, ¿qué tendría que ocurrir para que Aysén sea percibida como un destino residencial para quien quiera escapar de Santiago? Estas preguntas son relevantes: en Puerto Varas los efectos fueron evidentes, incluyendo un aumento en la oferta de servicios y entretenimiento, pero también serias dificultades en la planificación urbana y un creciente malestar entre los residentes locales debido a la llegada repentina de personas externas. Entonces, ¿qué impide que no suceda una situación similar en Aysén?
Asimismo, es útil reconocer aquellos hitos que prometían ser puntos de inflexión y no lo fueron, como la Universidad de Aysén. Son conocidas las altas expectativas iniciales, bien representadas en el título de la propuesta de su Comisión Ejecutiva: “Sentando las bases para habitar de otro modo el planeta”. El devenir de la institución también es de público conocimiento y, aunque es una entidad joven para una evaluación de impacto, hasta ahora no ha logrado ser el motor de transformación regional que se esperaba. Sin embargo, quién sabe si la misma universidad está hoy ad portas de vivir su propio punto de inflexión.
El concepto nos recuerda la complejidad del mundo y el rol que la incertidumbre y el azar juegan en nuestras vidas. Nos enseña que hechos aparentemente menores pueden tener consecuencias insospechadas. La complejidad nos exige humildad frente al futuro, pero también nos permite ser optimistas: pequeños cambios pueden generar grandes resultados. Como decía William James, padre de la psicología moderna: “Actúa como si lo que haces marcara la diferencia. Porque sí la marca”.










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