En los fiordos de Aysén, el mar provee el sustento económico, pero también oculta una de las floraciones algales más letales del planeta. A las puertas de Semana Santa, el Comité Regional de Marea Roja encendió las alertas tras decomisar 20 toneladas de mariscos tóxicos durante el primer trimestre de 2026. Este inédito operativo interinstitucional busca estrangular el mercado negro de bivalvos y evitar una crisis sanitaria en el sur austral.
La delegada presidencial, Luz María Vicuña, dimensionó la amenaza: «Nuestra región reúne concentraciones de marea roja que están entre las más altas a nivel mundial». No obstante, un monitoreo científico anticipado dio oxígeno a la pesca artesanal, logrando habilitar amplias zonas libres de toxinas que garantizan el abastecimiento legal de almejas (83%) y choritos zapatos (80%).
El peligro, sin embargo, es invisible y tenaz. Elizabeth Garrido, jefa del Laboratorio de Salud Pública, advirtió que los venenos —paralizante, diarreico y amnésico— no se destruyen al hervir, cocinar ni congelar el producto. Por ello, la Armada y Sernapesca blindaron el litoral con patrullajes aéreos y marítimos para cortar las rutas marítimas de la extracción furtiva.
Con 72 toneladas ya certificadas y aptas para el consumo, las autoridades apelan al autocuidado ciudadano. En Aysén, donde la última muerte por esta neurotoxina ocurrió en 2022, comprar mariscos de origen clandestino no representa un ahorro económico, sino una ruleta rusa letal.








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