Aysén vive, silenciosamente, una elección presidencial distinta al resto del país. En Aysén se esta jugando un partido distinto y cuesta verlo. No porque queramos diferenciarnos, sino porque su desarrollo —pasado, presente y, esencialmente, futuro— está íntimamente entrelazado con la presencia del Estado. Mientras en el centro se discuten modelos de desarrollo, acá se discute y nos toca en las condiciones materiales que sostienen nuestra vida cotidiana.
La región encabeza, año tras año, el mayor aporte estatal per cápita del país. Dicho en simple: Aysén es el territorio donde el Estado invierte más recursos por habitante. Esa inversión no puede considerarse un “favor”, como algunos intentan hacer ver, es la condición mínima para que un territorio aislado, de baja densidad y altos costos logísticos, pueda avanzar. Y es esa realidad la que vuelve está presidencial tan decisiva para nuestra gente.
Los datos son elocuentes. Uno de cada cuatro empleos en Aysén es generado por el Estado de manera directa, y si se suman las actividades que dependen de la inversión fiscal —construcción, comercio, servicios logísticos,etc— el peso del sector público se acerca al 50% del empleo regional. En ningún otro lugar del país la relación entre Estado y bienestar es tan evidente. Un posible recorte de gasto en Aysén no es un debate ideológico: es una amenaza a la vida de los Ayseninos, y es prudente ponerlo en discusión.
Pero la dependencia estructural va más allá del mercado laboral. Más del 80% de la superficie regional es propiedad fiscal, lo que significa que acceso a tierras, proyectos productivos, conservación ambiental y hasta la configuración del hábitat dependen de políticas públicas, no del libre juego del mercado, se debe desarrollar en concomitancia con las comunidades, y aquello también se realiza con una presencia estatal más fuerte.
Incluso la Universidad de Aysén vive este dilema. Una Institución joven, aún en consolidación, su futuro descansa en un financiamiento estable, en su capacidad de resolver su sistema de gobernanza y en un modelo estatal que no la deje a merced del mercado. En una región donde la educación superior es clave para lograr consolidar su desarrollo, y para qué estamos con cosas, la elección presidencial define directamente si ese proyecto se fortalece o se debilita.
Y todavía hay otro dato incómodo: Aysén aporta apenas un 0,6% del PIB nacional, lo que la convierte en la región más subsidiada del país. No es un juicio de valor, es un hecho económico. Esa posición hace que cualquier recorte fiscal golpee más fuerte aquí que en cualquier otra parte.
Por eso Aysén juega una presidencial aparte. Porque lo que se define en esta elección no es un programa de gobierno, es un modelo territorial completo: uno que reconoce que sin Estado no hay desarrollo posible en zonas regionales, extremas y aisladas, o uno que ignora esta evidencia y deja a la región sola frente al mercado.
El dilema es simple y trascendental: o fortalecemos el Estado que hace viable vivir en Aysén, o arriesgamos retroceder décadas en bienestar y oportunidades. Aysén se está jugando parte importante de su desarrollo, y cuesta verlo, pero con toda claridad este proceso para Aysén tendrá una afectación distinta.









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