Sales de la casa una fría mañana de junio. Sigue oscuro y está neblinoso, pero no es una neblina común y corriente; a través de las luces del alumbrado público y los autos se logran percibir tonos grisáceos, incluso amarillos. La escarcha que se forma en los parabrisas de los autos también toma ese color sucio. Notas que el caminar se te hace más difícil y que a ratos pareciera que te falta el aire. Pasas por al lado de una casa con la chimenea encendida cuyo humo no sube, sino que se queda al nivel de la calle. Tienes que contener la respiración para no inhalar la humareda directamente; cierras los ojos para no sentir una irritación similar a la que genera el humo de un cigarro recién encendido al lado tuyo. Llegas a tu lugar de destino. Tu ropa y tu pelo traen consigo ese olor ácido que viene de la ciudad. Te sientes en un déjà vu; has vivido esto año tras año, en cada uno de los inviernos que has pasado acá. Luego recuerdas que vives en “el corazón de la Patagonia” y experimentas el vacío de un slogan que pareciera estar pensado para quienes no habitan este trozo de tierra, solo para quienes vienen de paso.
Evidentemente, el tema de esta columna es la contaminación atmosférica en Coyhaique. Y cómo no. Estamos en esa época del año donde empieza a ser tema en las conversaciones de pasillo; adosado a las observaciones del clima está siempre el comentario que hace referencia a lo contaminado que está el aire. Quienes viven en las afueras de la ciudad son conscientes de cómo van entrando a una nube de humo cuyo olor se cuela a través de la calefacción del auto. Es la temporada en donde los colegios deben tener sus recreos a puertas cerradas porque se prohíbe la realización de actividad física y cuando las urgencias pediátricas comienzan a llenarse por enfermedades respiratorias.
A estas alturas, mencionar que estos episodios de contaminación atmosférica son nocivos para la salud es una obviedad. No obstante, no dejan de salir estudios que siguen relacionando la exposición a material particulado con más y más condiciones. Si ya teníamos evidencia de sus efectos a nivel respiratorio —algo que todos los habitantes de Coyhaique podemos notar con cierta facilidad—, se suman otros problemas que son mucho más sutiles, pero no por ello menos graves. Hay evidencia que indica que la contaminación del aire, tanto en exteriores como interiores (algo que medimos poco) y especialmente durante la infancia, incrementa el riesgo de padecer trastornos como depresión, ansiedad, psicosis y otras enfermedades mentales. También sabemos que el ejercicio, una actividad neuroprotectora por excelencia, puede terminar generando más daño que beneficios a nivel cerebral en contextos altamente contaminados. O sea, ya sabíamos que respirar humo nos hace mal, solo que la ciencia (en particular, la neurociencia ambiental) nos va demostrando que nos hace peor de lo que creíamos.
Entonces, la pregunta es por qué esto sigue pasando. Por qué todos los años nos indignamos (o lo fingimos) cuando sale una noticia que pone a Coyhaique como una de las ciudades más contaminadas del mundo. Por qué estamos tan resignados frente a algo que sabemos nos hace mal. Y ahí es donde se pone interesante el asunto.
Naturalmente, el burócrata de turno, sea de izquierda o de derecha, dirá que es un problema de política pública (lo cual es obvio) y repetirá el tipo de cosas que dicen los burócratas. “Hay que actualizar la estrategia o plan de descontaminación” o “tenemos que fortalecer la cooperación público-privada” son los típicos ejemplos, mientras que quienes son más demagogos (y audaces) harán alusión a que los problemas de contaminación de Coyhaique son una muestra del abandono del Estado respecto a sus zonas extremas (vaya a saber uno en qué sustentan esa afirmación). Nada que no se haya escuchado, nada muy útil. Tampoco es que no se haya hecho, porque sí que han existido cambios en normativas de construcción y se han implementado subsidios para transitar a formas más limpias de calefaccionarse. Pero el problema sigue ahí, lo que indica que su efecto es limitado o, en su primera derivada, que hay un mal diseño. Y, en una segunda derivada, un mal diseño es una respuesta a una pregunta mal formulada.
Mi impresión es que la falta de efectividad de las soluciones para el problema de la contaminación de Coyhaique es el típico caso en donde las políticas públicas han partido desde la pregunta: «¿Cómo podemos lograr que la gente haga lo correcto?» (en este caso, dejar de quemar leña). Cuando se parte desde ahí, el tipo de respuestas suele ser lineal; si queremos reducir el uso de leña, entonces tenemos que multar, generar subsidios a la calefacción eléctrica o prácticamente regalar estufas a pellet. Si las personas fuesen racionales, entonces deberían aceptar de buena gana el dejar de usar leña. Pero (¡sorpresa!) los seres humanos no somos racionales y la cuestión fundamental es que estas propuestas no importan a menos que la gente quiera seguirlas. Luego, la pregunta a resolver pasa a ser: “¿Cómo podemos lograr que la gente desee hacer lo correcto?», y ese es un terreno mucho más sofisticado.
No soy quién para intentar resolver la contaminación de Coyhaique con una sola columna, pero quiero compartir algunas visiones que creo podrían ser útiles para abordar este problema:
(i) Siguiendo a Adam Mastroianni, por lo general, para cambiar los deseos de las personas existen dos caminos: una experiencia lo suficientemente extraordinaria (en el sentido más literal de la palabra) para forzar un cambio instantáneo de perspectiva o ambición, o procesos lentos e inconscientes en los que las personas cambian sin darse cuenta y que dependen del tipo y tema de conversaciones que están sosteniendo; dado que lo primero es complejo a nivel masivo, más vale hacer lo segundo.
(ii) Los deseos y creencias de las personas no están aislados, sino que forman parte de sistemas interconectados que las personas defienden creando hipótesis auxiliares antes que modificar lo que creen; dicho en simple, no basta con demostrar los problemas del uso de leña porque las personas se inventarán problemas para creer que sigue siendo la mejor opción (un caso notable es la cantidad de gente que volvió a la leña después de la crisis del pellet en 2022).
(iii) Este no es un problema técnico en el sentido de que haya que crear una nueva tecnología para solucionarlo; por el contrario, existen opciones de sobra. Es, en esencia, un problema de orden cultural y, por lo tanto, el tipo de solución al que se llegue puede ser extensible a otros de los conflictos más acuciantes que tiene la región.
En fin, mi visión es que quien esté interesado en entender qué es Aysén puede tomar la contaminación de Coyhaique como un caso de estudio. Pensarlo bien te invita a entender la región desde una mirada mucho más profunda y menos ingenua; trabajar en su solución podría dar luces de cómo descomprimir los cuellos de botella para el desarrollo de Aysén en otros ámbitos. Ahora bien, eso no quita la urgencia del problema. Si seguimos el slogan de la ciudad, “Coyhaique, el corazón de la Patagonia”, entonces la Patagonia está enferma y parece no querer sanarse.









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