Los seres humanos hemos tenido una relación algo obsesiva con el concepto de “verdad”. A lo largo de nuestra historia, filósofos, científicos y políticos (entre otras ocupaciones) han puesto a la verdad tanto como un fin último como una base desde la cual una persona o grupo opera. Valoramos a quienes dicen “las cosas por su nombre” y desdeñamos a quienes consideramos mentirosos. Consideramos a la verdad como algo intrínsecamente valioso en prácticamente todos los planos: desde el autoconocimiento hasta cómo nos organizamos como sociedad.
Según el autor Derek Sivers y su libro “Useful Not True”, cuyo nombre da origen a esta columna, buscamos la verdad no por un puro deseo de “objetividad”, sino por profundas necesidades emocionales y sociales. Emocionalmente, queremos sentirnos bien informados y seguros al tomar decisiones importantes, lo cual es, paradójicamente, un estado anímico y no un proceso necesariamente lógico. En lo social, buscamos establecer vínculos: los juicios, cahuines, posturas éticas y opiniones, cuando los consideramos como verdades compartidas, son excelentes motores para generar conexiones. El problema es cuando confundimos argumentos que nos generan estos estados con la “verdad”, en vez de darnos cuenta de que solo son interpretaciones de la realidad que deberíamos evaluar según qué tan útiles nos son.
El caso paradigmático en relación con la verdad nos lo da la ciencia, siendo esta un procedimiento lógico para acercarnos a ella. No obstante, son los mismos científicos quienes empíricamente han demostrado que no podemos acceder a ella a través de nuestros sentidos; desde los experimentos de Maturana y Varela sabemos que algo que debería ser objetivo, como los colores que percibimos, varía según la especie; cada especie percibe el mundo de una forma completamente diferente y tiene su propia «historia» de lo que es el color. Si los peces ven el color rojo de forma distinta a los humanos, no podemos decir que los peces están equivocados; si todas las formas de percibir el mundo son tan distintas, entonces todas las historias son aceptables. Y estas diferencias en percepción son también válidas entre humanos; según el neurocientífico Anil Seth, cada mente construye su propia versión de la realidad como una «alucinación controlada». Puesto en simple, cada ser humano vive una realidad distinta. Entonces, ¿cómo podemos hablar de algo “verdadero”?
Siguiendo el hilo, es la misma ciencia la que nos ayuda a comprender que nada es una verdad absoluta. Los modelos científicos no son verdaderos, sino que son cada vez menos equivocados; toda conclusión es simplemente una invitación a cuestionarla y mejorarla. Es decir, la ciencia no produce «verdades», sino modelos que resultan útiles hasta que son reemplazados, siendo la mejor muestra el caso de la física newtoniana: si bien la teoría de la relatividad de Einstein demostró que las leyes de Newton tenían limitaciones y no eran “verdad”, seguimos usando las leyes de Newton porque son simples y lo suficientemente útiles para propósitos como construir edificios. Es decir, la ciencia nos enseña que una teoría no tiene que ser «verdad» para ser útil.
Conviene en este punto explicitar a qué me estoy refiriendo con “verdad” y con lo “útil”. En ambos casos creo que las definiciones que da Sivers son muy aclaratorias. Algo es verdadero cuando es absoluta, necesaria, empírica y objetivamente cierto, sin dejar lugar a otra respuesta, y debe aplicar para todos, en todas partes, siempre; por lo tanto, cuando se dice que algo es «no verdadero», no significa que sea falso, sino que simplemente existe otra posibilidad o punto de vista. Por su parte, lo útil es cualquier cosa que te ayude a hacer lo que necesitas hacer, a ser quien quieres ser o a sentirte en paz.
El lector perspicaz se preguntará hacia dónde voy con todo esto. Y es que la conclusión lógica de la postura de Sivers es que prácticamente nada de lo que creemos es verdadero. Que probablemente el 99% de las cosas que creemos sobre el mundo, la política, las relaciones de pareja y nosotros mismos no son ciertas[1]. Y que el único propósito de tener una creencia es que esta mejore y guíe tus acciones; en consecuencia, si una creencia no te ayuda a actuar de una manera más efectiva, a ser quien quieres ser o a sentirte en paz, entonces es completamente inútil mantenerla.
Estimo que más de un lector no estará de acuerdo conmigo a estas alturas, lo cual es razonable. Pero, como el foco de mis columnas es el desarrollo integral de la región de Aysén, les pido que me sigan en este punto: si nos tomamos en serio a Sivers, ¿cuáles son las creencias más útiles para Aysén? ¿Cuáles son inútiles? Veamos dos ejemplos.
En mi columna anterior acerca de la contaminación en Coyhaique argumentaba que un factor preponderante del problema ambiental de esta ciudad era de tipo cultural o, dicho de otra forma, de las creencias que tenían sus habitantes. Un ejemplo de ello es la creencia que asocia la identidad patagona con el uso de leña; no solo es el mecanismo principal de calefacción, sino que también se usa para cocinar y es una actividad económica importante para parte de la población. Sin embargo, ¿es útil esta creencia? Si el resultado significa vivir bajo el humo todos los inviernos, yo diría que no. Y si, por el contrario, asociamos la identidad patagona con la posibilidad de vivir en un medioambiente prístino, ¿no cambiaría eso nuestro accionar?
Otro ejemplo es la creencia de que Aysén es una región abandonada por el Estado. Otrora fue una idea compartida que estuvo en los cimientos del movimiento “Tu Problema es mi Problema”, el cual, por sus resultados (nuevo hospital en Puerto Aysén y la creación de la U. de Aysén, entre otros), se podría considerar como una narrativa útil. No obstante, actualmente esto es fácilmente refutable (por ende, no verdadero) y utilizarlo como argumento para negociar con el Gobierno ha demostrado ser sostenidamente poco efectivo en los últimos años (por ende, poco útil). ¿No nos convendría actualizar esa creencia entonces?
En fin, si tomamos en serio el enfoque “útil, no verdadero” (muy diferente a considerarlo como verdad), nos daríamos cuenta de que nuestras creencias generan emociones y estas determinan directamente nuestras acciones, tanto a nivel individual como colectivo. Si dejamos de creer en verdades absolutas podemos adoptar la perspectiva que más nos beneficie en el momento presente, soltándolas cuando ya no sean útiles para el desarrollo, sea el personal o el de la región de Aysén. Nada mejor que viajar liviano, ¿no?
Espero que esta columna te haya sido útil 🙂
[1] Ojalá que como lector asumas esta afirmación como un reto. ¿Cuántas de tus creencias son absolutas, necesarias, empírica y objetivamente ciertas?








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