Hablar de derrotas siempre es difícil. No solo porque obliga a buscar respuestas incómodas sobre lo que se podría haber hecho mejor, sino porque, cuando se gobierna, uno corre el riesgo de perder el sentido de lo común, ese pálpito fino que te recuerda de dónde vienes y por qué estás ahí. La victoria, en cambio, suele ser engañosa: adormece, acomoda y, en no pocos casos, deforma. Convierte los diagnósticos en innumerables certezas y reduce la capacidad crítica a un ejercicio inconexo, declarativo, y decorativo.
Por eso, las derrotas, aunque duelan, a mi entender te enseñan. Son una oportunidad para observar todo sin aquel filtro que te da el poder; para reconectar y escuchar lo olvidado y para reconocer que ninguna gestión, por buena que sea, está blindada frente a la desconexión y a la comodidad que genera el poder.
Comprender esta derrota requiere honestidad intelectual y voluntad de reconstrucción. Y, en ese sentido, existen al menos cuatro dimensiones que permiten entregar algunas claves interpretativas que puedan servir de análisis, para lo que viene: (1) El abandono de la base social,(2) la pérdida del sentido común, (3) la derrota cultural y el (4) pontificado como estilo político
El abandono de la base social: la base social de un proyecto político no se erosiona, generalmente, por un único error, sino por la acumulación de pequeñas ausencias. En algún punto, se dejó de escuchar con suficiente profundidad a quienes históricamente han sostenido las transformaciones sociales, aquellos/as que sustentan no solo nuestros anhelos, sino además son aquellos por lo que lo colectivo y el pensar en el/la otro/a existe. Seguramente lo ocurrido, no solo se dio porque haya existido desinterés explícito, sino porque se privilegió la gestión por sobre el vínculo, el procedimiento por sobre la conversación directa, o en patagón, seguramente cambiamos el mate, por el té.
Los sectores populares no se distancian cuando no comparten una decisión puntual; se distancian cuando dejan de sentirse protagonistas del proceso. Reconstruir esa relación exige más que presencia física: requiere una pedagogía política que restituya confianza y sentido de comunidad.
La pérdida del sentido común: entendido no como intuición espontánea sino como la capacidad de interpretar las prioridades y percepciones sociales, es un recurso que no se le da a cualquiera, aquel requisito esencial para hacer política. Su pérdida suele manifestarse en decisiones técnicamente correctas, pero comunicacional y emocionalmente desconectadas. La ciudadanía no evalúa sólo resultados: evalúa señales, gestos y coherencia cotidiana.
Cuando el proceso decisional se asienta exclusivamente en criterios expertos, sin traducirse en un lenguaje comprensible, se genera una distancia irreconciliable entre gobierno y ciudadanía. Esa brecha, aunque muchas veces es silenciosa, termina siendo determinante en la percepción social. La desconexión con el sentido común no es un problema de comunicación; es la clave entre cambiarle la vida a las personas o desconocer esa importancia.
La derrota cultural: la política contemporánea es, en gran medida, una disputa cultural. No basta con tener diagnósticos robustos o propuestas bien diseñadas; es necesario que esos contenidos se integren a un relato capaz de resonar con lo que hace sentido. En este ciclo, los sectores conservadores lograron instalar consignas simples y emocionalmente efectivas; seguridad, orden, crecimiento; mientras que nuestras propuestas progresistas se quedaban atrapadas en relatos extensos y carentes de emocionalidad, nos sentimos llevados a su terreno y como nunca hemos sido tan buenos para simplificarlo todo, fuimos derrotados.
La derrota cultural no implica renunciar a convicciones, sino comprender que las transformaciones requieren símbolos, relatos y prácticas que conecten, simplificar, no significa banalizar nuestro relato, es solo hacerlo digerible o si se quiere entendible.
El pontificado como estilo político: este constituye uno de los riesgos más profundos en la acción pública. No siempre se manifiesta como arrogancia explícita; a veces adopta formas más sutiles: falta de autocrítica, incapacidad de reconocer límites, defensas corporativas de la gestión o discursos que hablan más desde la autoridad que desde la empatía.
En un país que demanda horizontalidad y transparencia, el pontificado erosiona confianza y distancia a la ciudadanía. La política requiere convicción, sí, pero también humildad. Reconocer errores no debilita un proyecto; lo vuelve más humano y, por ende, más legítimo. Nuestro presidente nos enseñó harto de aquello, pero no logró penetrar como esperábamos.
En definitiva, las derrotas no son meros episodios electorales: son momentos de inflexión institucional y cultural. Interpretarlas adecuadamente es una responsabilidad política y ética. Lo que se juega en esa lectura no es solo el futuro de una coalición o de un liderazgo, sino la capacidad de reconstruir un proyecto que vuelva a dialogar con la sociedad desde la cercanía, la claridad y la justicia.
Si algo muestra este ciclo electoral es que el desafío no consiste únicamente en reorganizar equipos o ajustar discursos. El desafío es más profundo: restituir el pacto social entre política y ciudadanía, recuperar la escucha activa, revalorizar nuestro territorio y maritorio como espacio de sentido y reconstruir un horizonte cultural capaz de convocar voluntades diversas.
Las derrotas, cuando se asumen con rigor, por lo general, abren caminos. Quizás este sea el primero hacia un proyecto más maduro, más arraigado y, sobre todo, más conectado con las necesidades y aspiraciones de las personas.



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