Hasta hace unos años el invierno solía ser sinónimo de heladas profundas y un manto blanco perpetuo, el cambio climático está reescribiendo las reglas del campo. La ausencia de nieve, que históricamente actuaba como un controlador natural de plagas en los valles de Aysén, ha dejado desprotegidas las praderas ante el avance voraz de la cuncunilla negra (Dalaca spp.). Ante el riesgo inminente de una crisis forrajera, el Gobierno Regional ha activado un fondo de emergencia de 700 millones de pesos para blindar la base productiva de la zona.
Para el ganadero aysenino, el pasto es oro. La ecuación es simple pero brutal: sin praderas sanas no hay engorda de novillos, y sin ganado, la economía rural de la región se desploma. Según datos del Instituto de Investigaciones Agropecuarias (INIA), el daño patrimonial ya asciende a 4.300 millones de pesos anuales, una cifra que ilustra la desaparición virtual de más de 3.000 cabezas de ganado.
El plan, impulsado desde el Consejo Regional (CORE) a propuesta del consejero Eligio Montecinos, busca socorrer a 230 pequeños y medianos productores a través de un concurso especial. El objetivo es intervenir unas 2.500 hectáreas antes de que llegue el peor momento del ciclo de la plaga. «Si la cuncunilla se come el forraje, el animal no tiene sustento, se enflaquece y muere. Queremos evitar que se repita el escenario del año pasado, cuando muchos campos quedaron sin comida», advirtió Montecinos, describiendo una realidad que golpea con fuerza a la agricultura familiar campesina.
Un campo que cambia a la fuerza
La estrategia se enmarca en el programa «Aysén Campo Vivo», un intento institucional por adaptar la matriz productiva regional a un clima cada vez más impredecible. Néstor Mera, gobernador regional subrogante, enfatizó que estos recursos permitirán una respuesta coordinada entre el Servicio Agrícola y Ganadero (SAG) e INDAP para actuar durante esta temporada, justo antes de que las larvas comiencen su ciclo más destructivo entre abril y mayo.
La lucha contra la cuncunilla, sin embargo, no será uniforme. Reconociendo la diversidad de prácticas en la ruralidad aysenina, el director regional del SAG, Julio Cerda, explicó que los fondos permitirán financiar distintos métodos. Los campesinos podrán optar entre el control químico tradicional, el uso de controladores biológicos —como hongos y virus— o técnicas de manejo del rebaño, como aumentar la carga animal para eliminar las larvas mediante el pisoteo.
Más allá de los números, esta inversión busca proteger un estilo de vida. En una región donde la geografía impone condiciones extremas, mantener la sanidad de los suelos es la única garantía para que la tradición ganadera de Aysén sobreviva a los embates de un clima global que ya no da tregua ni siquiera en el fin del mundo.








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