En el confín de la Carretera Austral, donde la geografía impone sus propias reglas, Villa O’Higgins ha marcado un hito económico. A mediados de marzo, la extrema comuna superó su récord histórico al registrar 17.302 visitantes, quebrando la marca de la temporada pasada cuando aún resta más de un mes para el cierre estival. El dato confirma la metamorfosis del enclave: de ser un heroico punto de llegada en el mapa a consolidarse como un destino protagónico en Aysén.
El logro cobra mayor relevancia ante la fragilidad logística del territorio. Las fallas en la barcaza del Fiordo Mitchell amenazaron la temporada en febrero, pero la normalización del cruce desató un flujo de 300 personas diarias. Más allá del volumen, el sector privado local celebra un cambio cualitativo en el perfil del viajero. Susana Salgado, del tradicional Hostal El Mosco, advierte que el turista ya no llega solo a buscar el certificado de «fin de ruta». «Hoy viene más planificado, reserva con antelación y ha aumentado la pernoctación», explica, dinamizando la economía en torno a los glaciares.
Para el municipio, este despegue es estratégico. Fernanda Fuentes, encargada local, atribuye el éxito al sello de «Municipalidad Turística» de Sernatur, credencial que catapultó al poblado en vitrinas nacionales. Villa O’Higgins demuestra así que, incluso en el aislamiento extremo, la resiliencia convierte el fin del camino en el motor de la Patagonia profunda.








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