Cuando un cristiano hace referencia a Dios no debe pensar en él como un “personaje”, como la caricatura de un sabio de barba blanca que nos observa sentado en un trono rodeado de ángeles, sino como “concepto” o “idea”; la idea que engloba en su definición todo lo bueno, todo lo bello y todo lo verdadero. O sea, la perfección objetiva y única que debe ser el parámetro de bien y mal con el cual medimos nuestros actos del día a día.
Este concepto de “Dios” como “lo Bueno, Bello y Verdadero” unifica todo el saber acumulado por Occidente y del cual somos herederos. A saber: el “Dios creador” de la tradición judía, que gracias a Jesús se redefine como “Dios Padre” pues no sólo nos da la vida sino que también nos ama y busca nuestro bien y que al fusionarse con la cultura y filosofía grecorromana, amante del conocimiento y buscadora de la verdad, termina formando al “Dios Verdadero”, la idea y creencia de que hay una Verdad objetiva y buena que debemos alcanzar durante nuestra vida. El camino será distinto entre cada persona, pero la meta es la misma, aproximarnos a este ideal de perfección cuya guía principal está representada en la idea central del cristianismo: Ama a tu prójimo como a ti mismo, siendo por esto la vida humana el primer derecho a respetar.
Esta idea de que hay cosas intransables como el respeto a la vida humana está presente en nuestra sociedad desde hace siglos. Sin embargo, y también desde hace tiempo, nuestra soberbia, el primer y peor pecado capital para los creyentes, nos hizo olvidar esto pues cuando se comenzó a cuestionar la existencia de Dios como una verdad única y objetiva comenzamos a borrar el parámetro con el que medimos nuestras acciones. Cuando en el siglo XIX, y tras el terror jacobino de la Revolución Francesa, el filosofo Nietzche dictaminó que “Dios ha muerto, nosotros lo hemos matado” hacía referencia a cómo de manera libre y guiados por nuestra soberbia decidimos que no hay una verdad absoluta con que comparar nuestras acciones, eliminando así la diferencia entre lo bueno y lo malo. Todo se había vuelto relativo, incluyendo el derecho a la vida y el concepto mismo de persona.
Este cambio de mentalidad disfrazado bajo el nombre de “progresismo”, donde lo bueno y lo malo es algo subjetivo, fue el origen de todos los crímenes que vivimos durante el siglo XX de manos de la izquierda radical, heredera de los jacobinos franceses, personificada ahora en los totalitarismos (nacionalsocialismo, fascismo y comunismo). Todos creyentes en que mediante el Estado se podía alcanzar el paraíso de igualdad, volviendo cualquier medio válido para alcanzar el fin. La violencia como método de acción política, el terrorismo, el asesinato según clase social o raza se volvieron acciones tolerables e incluso deseables si con ellas se lograba la meta esperada. La idea de persona y de su derecho a la vida quedó supeditada al bien del colectivo, borrando así la posibilidad de sentir culpa por el mal ocasionado a otros.
Una falta de culpa que ya en los años 60 la filósofa Hanna Arendt atisbó en el oficial nazi Adolf Eichmann cuando fue enjuiciado por los crímenes del Holocausto; él no se consideraba “culpable” pues era incapaz de sentir culpa y de ver el mal en su acto. Una “banalización del mal” que se extendió tanto por los campos de concentración como por los gulags soviéticos y que lamentablemente no desapareció con la caída del muro de Berlín.
Los totalitarismos pudieron desaparecer, pero no por eso el parámetro de nuestra moralidad regresó. La “falta de Dios” sigue presente en nuestra sociedad postmoderna donde el derecho a la vida sigue siendo algo relativo y subjetivo, ya no según criterios de raza, clase o ideología, sino en base a criterios derivados de nuestro mundo individualista, egocéntrico y creyente en los derechos sociales sin deberes. Un mundo donde el derecho a la vida de unos está por debajo del derecho de otros quienes de manera arbitraria y subjetiva deciden por ellos en qué momento se les debe considerar personas; en qué momento pasa de llamarse “aborto de un conjunto de células” a “asesinato de una persona”.
Cuando ves cómo se ha borrado la idea de una verdad única y objetiva, logras entender porqué a día de hoy, después de todos los horrores vistos en el siglo pasado, aun existan individuos que duden que “todo ser humano es persona” y lo que es peor; que no sientan culpa de ello o de sus consecuencias, ya sea en temas como el aborto o la pena de muerte. Finalmente, es aquí donde los creyentes en la Verdad objetiva y trascendente debemos luchar por dar a conocer nuestra voz en todas las esferas, ya sea política, social o cultural; siempre con respeto al otro y en ánimo de enseñar, no de reprender. Siempre que recordando la frase “Perdónalos Padre, porque no saben lo que hacen”.
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