Desde hace décadas sabemos que Chile tiene bajos niveles de capital social. Esto es, poca confianza interpersonal (el país más desconfiado de la OCDE), una baja sostenida durante las últimas décadas en la confianza institucional (donde el Gobierno bajó de un 56% a un 16%, el Congreso de un 26% al 8% y los partidos políticos de un 13% a un 3%, según la encuesta CEP), así como una disminución de la participación en organizaciones de la sociedad civil y en el número de amistades íntimas. Dicho de otra forma, confiamos poco, nos juntamos poco y tenemos pocos amigos (y esto es válido para Aysén también, como argumento posteriormente).
También sabemos, por otro lado, que el capital social, tanto individual como comunitario, es un buen predictor del bienestar integral. La gente que se aísla suele enfermarse más, tanto física como mentalmente. Quienes tienen mayores redes de contacto suelen tener mayores ingresos, así como más oportunidades laborales. Quienes están constantemente buscando conocer a otras personas suelen ser más innovadores. A nivel macro, los territorios con mayor capital social tienen más potencial para desarrollarse que los que no.
De ahí que la pregunta crucial sea cómo podemos revertir esta tendencia, más allá de los motivos de este declive en el capital social. Potenciales causas hay muchas, siendo una de las más argüidas la irrupción de los smartphones y las redes sociales. Esto no deja de tener sentido; es cuasi evidente que su uso interfiere en las dinámicas sociales. Creo que a estas alturas todos nos hemos dado cuenta de la baja capacidad de atención de una persona que mira su celular durante una conversación; asimismo, las redes sociales dejaron de ser “sociales” y se convirtieron en plataformas de scroll infinito basadas en un algoritmo que maximiza el tiempo que pasas en pantalla, no cuánto interactúas con otras personas. El punto es que esta es una situación global sobre la que no tenemos mayor margen de acción. No obstante, solemos pasar por alto un factor donde sí tenemos capacidad de incidencia, el económico: juntarse con otros suele ser caro.
Pensemos en la región de Aysén, particularmente en sus ciudades principales: Coyhaique y Puerto Aysén. Partamos listando los lugares en donde uno puede juntarse a socializar, tanto con conocidos como con la posibilidad de encontrarse con otras personas. Ahora quitemos los lugares en donde haya que pagar para estar dentro de ellos. Luego, saquemos aquellos lugares en los que uno se puede reunir cuando hay mal clima (frío, lluvia, etc.). ¿Con cuántos espacios nos quedamos? Creo que apenas podríamos contarlos con los dedos de una mano: el centro cultural y las bibliotecas públicas.
Entonces, si consideramos que durante buena parte del año tenemos mal clima, nos damos cuenta de que quienes habitamos en la región de Aysén prácticamente no tenemos espacios para socializar sin tener que gastar dinero. Y eso de por sí no es un problema; estoy totalmente a favor del consumo local y me encanta visitar cafés y restaurantes en la región. El tema es que es caro y que las opciones que tenemos para entretenernos solitariamente son mucho más baratas.
El mecanismo económico que está detrás de esto se conoce como la enfermedad de los costos de Baumol. Esta teoría explica por qué las cosas que requieren contacto humano y son intensivas en trabajo se vuelven más caras con el tiempo, mientras que las cosas impulsadas por la tecnología se vuelven más baratas.
El argumento central de Baumol dice que cuando la productividad y los salarios suben en sectores como la industria (por ejemplo, la manufactura), los salarios del resto de la economía deben seguir esa tendencia para retener trabajadores, aunque esos otros sectores no hayan mejorado su productividad. Como consecuencia, los servicios con escaso potencial de sustitución tecnológica o automatización (como los cafés, los restaurantes y el cuidado de niños) incrementan sus costos unitarios y, por tanto, sus precios. Por otra parte, las empresas que promueven el entretenimiento digital solitario y altamente escalable prosperan, siendo el principal ejemplo las plataformas de streaming.
Si a ello le sumamos que Chile es un país caro y la región lo es aún más (tomarse una cerveza o un café es más caro que en una capital europea), cuando nos toca sopesar entre salir en una noche fría con amigos o quedarnos viendo Netflix, la segunda opción se vuelve tentadora. Y, en un contexto de bajo capital social, la tendencia a tener comportamientos antisociales es mucho más alta.
Ahora, los habitantes de Aysén suelen tener el relato de que, como es una región pequeña en donde todo el mundo se conoce, esta situación no sería tan problemática. Pero ese relato es débil y fácilmente contrastable. Una de las conclusiones de mi tesis de magíster es que en Aysén la gente dice conocerse entre sí, pero que ese conocimiento es superficial y se da en grupos cerrados, principalmente distinguiendo entre quienes “son o no son de acá”. Quienes vienen de fuera saben muy bien lo difícil que es mezclarse con los locales más allá de los entornos laborales.
Nos encontramos, entonces, con una situación difícil para construir capital social en Aysén y, por ende, para un desarrollo próspero de la zona. Ello nos debe llevar a pensar soluciones de diverso tipo: desde el desarrollo de infraestructura pública que se pueda usar bajo mal clima hasta darles estatus de deducible de impuestos a negocios prosociales como los restaurantes o cafés.
Abordar el déficit de capital social en Aysén requiere un esfuerzo por pensar en un futuro en donde entendamos que una mejor calidad de vida incluye a la familia, amistades y experiencias compartidas. Pero también hay que pagar por ese futuro y ese es un desafío interesante que podemos abordar como región.


![[Opinión] Oro aluvial: una nueva oportunidad para Aysén](https://radio45sur.cl/wp-content/uploads/2026/10/jose-luis-osorio_2-350x250.jpg)






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