Cuando hay elecciones, tanto público como analistas buscan interpretar los resultados, llevando, como se dice, agua a su molino. Hablarán de victorias y derrotas. Pero los hechos, son los hechos.
El último fin de semana, se llevaron a efecto las elecciones en segunda vuelta de gobernadores regionales de trece de las dieciséis regiones de nuestro país. En ellas, la derecha sólo obtuvo un gobierno: Araucanía. Una victoria parcial, en una derrota total del pacto Chile Vamos y de su gobierno.
No obstante, lo central para algunos estuvo la victoria del democratacristiano Orrego en la Metropolitana, por sobre Karina Oliva, quien representaba a la opción surgida de la alianza del Frente Amplio y Chile Digno. La representante oficialista, Parot, llegó cuarta en los comicios de mayo. Una real derrota.
La victoria de Orrego, se debió fundamentalmente a los votos de las comunas del rechazo metropolitano. El Distrito 11, fue el que hizo la diferencia: mientras la frente amplista incrementó su votación en 102 mil 382 sufragios, el dc lo hizo en 127 mil 796. Sólo en el 11, Orrego sumó 134 mil 864 votos. Ese último resultado explica el 52,7%, frente al 47,3% de Oliva. Pero ese gran caudal de votos proviene además de las comunas con mayor participación de electores (sobre el 40%), en detrimento de las más de 30 comunas, populares pero con baja participación electoral, en las que la derrotada candidata de Comunes se impuso.
¿Derrota de Oliva? Probablemente, pero más que de ella o del sector, es de nuestra incapacidad de convocar y seducir. “La derrota es formativa”, señaló la ex candidata. Y lo será, si se llega a aprender de ella. Debemos ver el por qué del ausentismo electoral y el cómo, en lo venidero, logramos una convocatoria movilizadora. La primera prueba: primaria presidencial de Apruebo Dignidad, del 18 de julio. La izquierda entonces se queda con tarea para la casa.








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