Desde el corazón de la Patagonia chilena, la región de Aysén se perfila un nuevo e inesperado polo para la horticultura sostenible. Al frente de esta silenciosa transformación está Eduardo Pacheco, un emprendedor que con su proyecto “Agrícola de la Tierra” no solo desafía las adversidades históricas del clima austral, sino que también responde a una creciente conciencia ciudadana que busca productos locales, orgánicos y con un sabor que, asegura, no tiene comparación. “La calidad que podemos obtener en la región es muy superior a la que viene del norte”, afirma con convicción.
Desde su nuevo emplazamiento en el sector El Salto Chico, cerca de Coyhaique, un terreno más fértil que su anterior ubicación, Pacheco ha consolidado un modelo de negocio enfocado en el mercado local. Su producto estrella es el cilantro, pero ya se expande con fuerza hacia la lechuga y, sobre todo, la frutilla. Su clientela no son las grandes cadenas de supermercados, sino los almacenes de barrio y las verdulerías, tejiendo una red de economía más circular y ciudadana. “Hay un retorno al almacén de barrio. Mucha gente se está dando cuenta del valor de lo que se produce aquí”, explica.
El pilar de su proyecto es una filosofía de producción 100% orgánica y de precio justo. “Nosotros no usamos químicos. Todo es a la antigua, con guano de caballo y vaca”, detalla Pacheco. Su modelo se basa en la economía circular, utilizando abono de productores locales y cosechando agua de lluvia en un estanque de más de 150.000 litros para autoabastecer su riego. Esta metodología no solo garantiza productos inocuos y de alto valor nutricional, sino que también les confiere características únicas. “El frío de Aysén hace que las plantas acumulen más azúcar para protegerse. Eso le da un sabor espectacular y una crocancia distinta a nuestras frutillas”, comenta.
Paradójicamente, el cambio climático ha jugado a su favor. Inviernos menos níveos y heladas menos severas han extendido la temporada de cultivo, que con el uso de tecnologías como invernaderos y mallas antiheladas puede alcanzar los 10 meses productivos al año. Sin embargo, Pacheco identifica un reto clave: la falta de acompañamiento a los agricultores. “Hay muchas capacitaciones, pero el seguimiento después no existe. Ahí es donde el productor se frustra y abandona”.
Consciente del vasto potencial de la región, el futuro de “Agrícola de la Tierra” mira hacia la diversificación y la especialización. Su objetivo a largo plazo es crear un huerto dedicado exclusivamente a los frutos menores o berries —incluyendo variedades nativas como la murta o el calafate— con la intención de congelarlos y, quizás, exportarlos. Es un proyecto que busca no solo la rentabilidad, sino también consolidar a Aysén como una despensa de calidad para Chile. “Tenemos las condiciones para autoabastecernos. Hay mercado para todos, lo que falta es que más gente se atreva”, sentenció.







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