Me aventuro a escribir otro texto en este medio que, por cosas obvias, me lo permite:
No es una noticia que ocupe grandes titulares. No vemos transmisiones especiales ni movilizaciones globales por ellos. Pero mientras usted lee estas líneas, comunidades cristianas en Sudán están siendo arrasadas, desplazadas y silenciadas bajo el fuego cruzado de una guerra civil brutal. Iglesias bombardeadas, líderes cristianos encarcelados, familias obligadas a huir y creyentes que enfrentan un ultimátum inhumano: renunciar a su fe o morir de hambre o simplemente ser decapitados. Y, sin embargo, el mundo parece haber decidido mirar hacia otro lado.
Lo que ocurre en Sudán no es simplemente “daño colateral” de un conflicto armado. Se trata de una persecución estructural, dirigida contra una minoría que ya vivía al límite de sus derechos. El ejército y grupos paramilitares luchan por el poder, pero el terror se descarga sobre civiles indefensos, especialmente sobre quienes profesan el cristianismo. La violencia religiosa, que se suponía relegada al pasado más oscuro, hoy se reabre como una herida sangrante en África.
Es difícil comprender que, pese a los miles de desplazados, a las iglesias reducidas a escombros y a los testimonios que claman por socorro, los organismos internacionales y muchas potencias callen. ¿Cuántas vidas deben apagarse para que la comunidad internacional declare que esta tragedia merece atención, protección y justicia? ¿Qué tan desechables son los derechos humanos de los cristianos?
No se trata solo de fe, ni de religión. Se trata de humanidad. De dignidad. De la obligación moral de no permitir que la persecución se normalice porque las víctimas son de lejos, porque pertenecen a un país que pocos podrían ubicar en un mapa, o porque su sufrimiento no genera clics ni intereses comerciales.
Hoy, los cristianos de Sudán están dando una lección de resistencia silenciosa, aferrados a su identidad espiritual mientras el desamparo los rodea. Y mientras ellos luchan por sobrevivir, nosotros debemos luchar contra la indiferencia. Las voces que se silencian allá, exigen que alcemos la nuestra aquí.
Los mártires cristianos de Sudán y de Nigeria, merecen un par de líneas… y obviamente, al menos, un Pater Noster.








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