A la pregunta por el balance a seis meses de este Gobierno, hay una respuesta que se impone con la fuerza de una frase gastada cada cuatro años, cargada de sentido para unos, de memoria emotiva para varios y de una repetición dolosa para otros: otra cosa es con guitarra.
Criticar con vehemencia —como lo hizo en su momento la oposición, no solo a nivel nacional sino también particularmente en Aysén— supone dar por hecho que se está preparado para asumir una responsabilidad de esa magnitud, que se tiene experiencia en aquello que se critica, que las recetas que se dice tener realmente funcionan, y que la trayectoria y la impronta propias bastan para ganarse la confianza necesaria para resolver problemas públicos.
Pero eso que en política parece tan evidente no es más que un titular, apenas una consigna. Es como ese personaje familiar que tiene palabras para todo: el opinólogo de fútbol, el pediatra, el cocinero, el teólogo, hasta el experto en el metatarso del meñique del pie. Pero, como bien sabemos, al final no es experto en nada.
Las recetas mágicas para resolver los problemas sociales no existen, y sentarse en un puesto no basta para que las cosas mejoren: el golpe de la realidad es brutalmente significativo. Ahí aparecen, de sopetón, la burocracia estatal, el cuidado de los recursos públicos, la participación ciudadana, las auditorías, la Contraloría, los plazos, los derechos funcionarios —todo lo que se pasa por alto cuando se critica desde la vereda de enfrente.
Por eso resulta tan vergonzante que un gobierno llegue desde un desgano evidente: aquellos que se autodenominaron expertos no eran expertos en nada, los eficientes no se ven por ningún lado, los eficaces tampoco. A cambio, lo que hay es , inexperiencia, falta de criterio, descoordinación, quitadas de piso y de paso un frustrante chasquido de dedos.
Y para que esto no se sienta solo como una crítica a aquellos que gobiernan, quienes se han dedicado a «sloganear» constantemente: el eslogan, la frase corta, el titular que se repite cada cuatro años es, en parte, lo que hoy nos tiene con la desconfianza institucional instalada. Eso no es de unos ni de otros; es algo que debemos enfrentar con un discurso de ideas y de hacer, donde las personas ponderen reflexionante su posición y el control vuelva a quién tiene las mejores ideas y que simplemente ejecuta lo que prometió, en acuerdos de mayorías y no de trincheras. Seguramente, en algo tan básico como alejar el populismo electoral, para dar paso a la solución de los problemas reales de la gente.
Con todo, es apresurado hablar de un balance a seis meses de gestión, pero no es menos cierto que este Gobierno carga con un titular que él mismo se puso: el del orden, la seguridad y el crecimiento. Y de ese titular ya no podrá desprenderse, porque cuando alguien ofrece el plato de la casa, el invitado no espera cualquier plato: espera exactamente aquel que le prometieron. Y hasta ahora, ese plato no ha llegado.








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